¿Pueden patentar el cannabis sagrado de Oaxaca?
🇲🇽 En la Sierra de Oaxaca, las comunidades zapotecas y mixes llevan siglos seleccionando variedades de plantas — maíz, cacao, y también cannabis — adaptadas a sus suelos, altitudes y usos tradicionales. Ese conocimiento ancestral, transmitido de generación en generación, vale miles de millones de dólares en el mercado global. Y multinacionales extranjeras ya están haciendo los movimientos legales para apropiárselo.
El mecanismo: "bioprospección" como eufemismo
El centro del problema son los llamados convenios de bioprospección — acuerdos aparentemente científicos por los cuales empresas extranjeras obtienen acceso a material genético local a cambio de compensaciones mínimas o promesas de investigación. En Oaxaca, activistas y organizaciones indígenas denuncian que estas operaciones son biopiratería disfrazada de cooperación académica.
El antecedente más citado en los foros indígenas es el caso de Mars Inc. y el maíz olotón de la Sierra Mixe: la empresa intentó registrar como propiedad intelectual una variedad de maíz que comunidades locales habían cultivado durante siglos. El caso llegó a tribunales internacionales y generó una ola de alerta sobre qué pasaría cuando el mismo mecanismo se aplicara al cannabis.
La UPOV 91 y la criminalización del conocimiento
El riesgo más concreto viene del tratado internacional UPOV 91 (Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales), cuya versión más reciente México está bajo presión de adoptar en varios acuerdos comerciales. Si se implementa en su versión más estricta, el UPOV 91 podría criminalizar el intercambio libre de semillas entre agricultores — una práctica cotidiana y sagrada para los pueblos indígenas que conciben la semilla como patrimonio colectivo, no como mercancía.
El "Espacio Estatal en Defensa del Maíz Nativo" de Oaxaca ya advirtió que lo que se normalizó con el maíz se está intentando replicar con el cannabis. La diferencia: el mercado global del cannabis medicinal y recreativo en 2025 supera los 40.000 millones de dólares. Los incentivos para capturar genética única son incomparablemente mayores.
Las 26 licencias y la trampa del capital
En abril de 2025, la Cofepris emitió 26 permisos colectivos de cultivo para comunidades indígenas de Oaxaca — un avance histórico en el papel. El problema: esos permisos abren la puerta legal, pero no el mercado real. Las comunidades no tienen acceso a los laboratorios de análisis, a la cadena de frío, a los certificados de calidad ni a los contratos de exportación que el mercado internacional exige. Las multinacionales extranjeras sí tienen todo eso.
El resultado previsible: comunidades con genética única y permiso de cultivo venden su materia prima bruta a precios de commodity, mientras empresas con capital registran las variedades seleccionadas, obtienen patentes y capturan el valor añadido. Es el esquema colonial del siglo XXI: se lleva la semilla, se deja la pobreza.
¿Qué se puede hacer?
Organizaciones como Slow Food México y colectivos de semillas nativas piden marcos legales que reconozcan el patrimonio biocultural colectivo — una categoría legal que impediría la privatización de conocimiento que nunca fue de una sola persona. La SCJN ya abrió la puerta con sus resoluciones sobre el derecho al libre desarrollo de la personalidad en el contexto del cannabis; el siguiente paso es extender esa lógica a los derechos colectivos indígenas.
El mercado mundial del cannabis crecerá. La pregunta es quién va a controlar la genética que lo alimenta — ¿las comunidades que la crearon, o los laboratorios que llegaron a fotografiarla?
Puedes leer cómo BesserGrowen cubre el debate europeo sobre semillas y variedades — un contexto útil para entender hasta dónde puede llegar la presión regulatoria sobre los cultivadores.